El mil noviecientos novienta y nueve (1999).
Advertencia: Aquí se transcribe un fragmento de discurso zapatista; aquí escribe un tipo que justo hoy, se siente un poco ahogado.
Ir a la casa de la tía Chela era casi siempre complicado.
Lo inmaculado de sus muebles, sus cientos de delicadas porcelanas, su casa impecable, su limpieza extrema, contrastaban con su docena de conejos en el patio. Era difícil entender que alguien pudiera ser al mismo tiempo obsesiva y rigurosa, y también tierna.
Así que comprendimos tarde, la rara mezcla de fortaleza e inseguridad de la Tía Chela, reflejada en cada rincón de su casa.
Mis hermanas y yo llegabamos con toda la inocencia del mundo y nos lanzabamos dando sentones por su resbalosa (por limpísima) escalera.
Quizá le rompíamos el higado a mi tía que, sin embargo, siempre nos recibió de maravilla, y reía al vernos en el jueguito
Soy del 82. La que en el año 2000 cumplió 18 años. Nos prometieron pasar al nuevo milenio siendo mayores de edad. Generación 2000, nos llamó la UNAM, cuando entramos a la preparatoria. Nos sentíamos orgullosísimos.
La huelga (LA HUELGA, quiero decir) nos recorrió un año, convirtiendonos en 2001 (bastante menos exótico, la verdad). Recordándonos, además que en la vida, los simbolismos te pertenecen solo a tí, no a los demás.
-En el 2000 habrá hasta coches voladores-, decía la Tía Chela, cada vez que la visitabamos. Michael J. Fox y su "Volver al futuro" nos llenó de ansias y posibilidades.
Pero no. No llegaron.
Llegó Fox (Vicente, no Michael J.) y yo (que para entonces, andaba en pañales en ese asunto) le menté la madre desde un auto, acompañado por varios inocentes amarillos.
Además ni voté. Mi llegada al estrellato "adulto" llegó el 29 de julio. Me perdí las elecciones por 27 días. "A mi no me echen la culpa", leía divertido en algunos pegostes.
Llegó la huelga y, con ella, Silvio, Pablo, Joaquín. También El Sup, Ramona, y aquella maravillosa, espectacular, colorida, marcha del 2001.
Y el neozapatismo en CU se me metió para nunca salir. (Aunque día a día me vuelvo más arribista y cómodo). ¿Alguien estuvo ahi?
Disculpe usted, de por sí abandonado lector, estas líneas de melancolía:
"Muchas veces hemos oído que todos, sobre todo los jóvenes, deben mirar al futuro para hacerse responsables, maduros, adultos. Miremos pues. Ahí está: no hay más que números.
Nos marcan con un número. En la adolescencia somos el número de cuenta en la escuela, en la juventud sumamos, a los 18 años, el número de la credencial de elector y el número del registro federal de causantes.
A partir de ahí, la madurez se alcanza sumando más números: el número de la tarjeta de crédito, el número de la cuenta bancaria, el número de la credencial de manejo, el número de la tarjeta de circulación, el número del teléfono, el número del domicilio, el número de la tarjeta de jubilado y pensionado, el número del insen, el número de preso dentro o fuera de la cárcel, el número del predial, de la cuenta de luz, del gas, del agua"
Y luego, como para rematar:
"Yo estoy hablando de un niño indígena, en lugar de hablarles de la revolución mundial, la insurrección, la táctica y la estrategia, la coyuntura, las condiciones objetivas y subjetivas, el parteaguas, el-pueblo-unido-jamás-será-vencido, el si-zapata-viviera-con-nosotros-estuviera.
Yo estoy hablando de un niño indígena, en lugar de hablarles del ponte trucha, del agandalla pa que no te agandallen, del uca, uca el que se lo encuentra se lo emboruca, del presta pa´la orquesta, del cumple la ley carnal, pero la de ley de herodes y como quiera te chingas y te jodes, del rencor estéril, del cinismo hecho carrera con doctorado incluido, del changarro,
del vocho, de la tele, del pueblo-unido-invariablemente-será-vencido, del si-zapata-viviera-con-nosotros-se-aburriera.
Pero ustedes son universitarios y universitarias, y los universitarios y las universitarias son pacientes, generosos, inteligentes, así que sabrán entender que sólo estoy tratando de decirles lo que es un zapatista.
Porque nosotros somos zapatistas.
Bien, pues eso somos los zapatistas, los rebeldes que nos negamos a ser números, los que preferimos ser dignos, los que no nos vendemos, los que no nos rendimos, los que, cuando queremos ver al futuro, no miramos hacia arriba buscando un signo monetario; los
que, cuando queremos asomarnos al mañana, miramos hacia abajo, y buscamos y vemos ahí a un niño y en él buscamos y encontramos, no lo que fuimos, sino el espejo de lo que seremos.
Así que me titulé con "Movimientos sociales contemporáneos y poder, el proceso autonómico neozapatista". Menuda presunción, estuve allá seis meses viviéndolos, sintiéndolos, escuchándolos. Regresé a la Ciudad de México, presumiendo la aventura.
Y le pongo pausa al asunto. Volteó la cara. Mi hermana (con la que comparto espacio profesional en el Instituto Bravo, y que me hará tío en unos meses), me regresa a la realidad del Alfredo en 2010, diciéndome: -Hablé con Antonello, se van a fusionar grupos, habrá menos horas, buscaré un nuevo trabajo-. Intento tranquilizarla, le digo que tenga paciencia, tranquilidad, ya se abrirán más grupos (esas palabras que me saco de la manga porque, en realidad, me siento jodido)
-¿Cuánto es de renta?, ¿Cuánto de gasolina, tenencia, seguro?, ¿Cuánto le pagaré este mes a Banamex?-, pienso.
Querido país, soy Alfredo. Tengo 27 años. Pertenezco a la generación perdida. Como todos y todas. Las generaciones de la crisis.
Esto no resume mi vida en los últimos diez años. Esto solo es el dolor de leer, en la última semana, que esa década fue una jodidez para todas y todos. Pinche México. Pinche frío.
Y pinche dolor por lastimarte y lastimarme. Tú, que eres la única cuerda a la que quiero estar amarrado toda la vida.
En el perfil de Facebook, hay una foto de tí, de mi, de nosotros. Sigo teniendo el cabello largo, como hace unos años, pero ahora intento ser más adulto, uso barba, camisas y sueteres, como lo hace gente decente. Hago picnic contigo en un parquesito de Polanco. Me gusto a tu lado. En tu vida.